Desertificación y lluvias torrenciales: el clima que se nos viene

Un informe científico señala que en nuestra zona aumentará casi medio grado la temperatura para 2040 y más de un grado hacia fin de siglo. Además, establece que caerá el régimen de precipitaciones sobre el sur del Sudoeste Bonaerense, acelerando aún más la condición de aridez en Patagones y parte de Villarino.

Veranos e inviernos más cálidos, desiertos más desiertos y lluvias torrenciales que terminarán causando más problemas que beneficios. De la mano del efecto invernadero y las consecuencias negativas que la alta presencia de sus gases causa en la atmósfera, el horizonte climático para nuestra región para mitad y fin de este siglo parece más a una película posapocalíptica.

Por un lado, se proyecta un incremento de la temperatura, tanto en los meses fríos como en los meses cálidos. Para 2040, tanto en el sur como en el norte de nuestra región, este aumento será de 0,4ºC, aunque para 2099 alcanzaría a un grado en el distrito de Patagones y de 2 grados en la zona de Coronel Suárez.

El régimen de lluvias también se vería afectado, y muy fuertemente. Para el sur, los promedios anuales caerán 50 milímetros, y en el norte el aumento será más que interesante: 150 milímetros en los próximos 20 años, para llegar a 200 a fin de siglo.

Este, sin embargo, no es el peor de los casos, ya que supone una mitigación en la emisión de gases. El segundo escenario es peor aún: proyecta un forzamiento radiactivo en la atmósfera con tendencia claramente al aumento de gases de efecto invernadero. Aquí, la incidencia sobre el aumento de la temperatura y el efecto en las precipitaciones sería aún mayor.

¿Qué supone todo esto? El aumento de la temperatura provocará en los distritos de Villarino y Patagones algo que ya se vislumbró hace más de una década, durante la sequía: ambos territorios terminarán convirtiéndose en una especie de desierto. Y si a eso se le agrega que el promedio anual de lluvias descenderá a unos 300 milímetros anuales, cualquier actividad agrícola rentable –por fuera de la zona de riego del río Colorado- será prácticamente una quimera.

En pocas palabras, las actuales condiciones de aridez se van a extremar aún más en el sur de la provincia.

En tanto, al norte de la zona serrana, en un círculo imaginario que comprende ciudades y parte de distritos como Saavedra, Coronel Suárez, Coronel Pringles, Adolfo Alsina y Guaminí, el incremento en el régimen de lluvias traerá más dolores de cabeza que beneficios. Esos incrementos de 150 y 200 milímetros anuales no significarán precipitaciones más repartidas a lo largo del año; por el contrario, se incrementarán los días con lluvias severas y torrenciales. Algo similar ocurrirá más al norte aún, hacia la zona de Bolívar y Trenque Lauquen.

Como consecuencia, habrá un aumento en la erosión hídrica en los sectores linderos a las sierras. Los campos estarán sometidos a un mayor desgaste y tendrán pérdidas por enfermedades fúngicas.

Esto también llevará a un replanteo de la planificación agrícola, como redeterminar las fechas de siembra o las especies que se utilizan, ya que deberán contar con una mayor tolerancia a la humedad.

En cuanto a la temperatura, la máxima aumentará aproximadamente 2ºC y la mínima un grado a fin de siglo; para 2050, en ambos casos se producirá un incremento de 0,5ºC.

“Lo que hemos visto con estos modelos – señala la doctora en Geografía, becaria posdoctoral de Conicet y docente del departamento de Agronomía de la UNS, Andrea Brendel, una de las autoras del estudio-, es que la temperatura seguirá aumentando a futuro y lo hará a medida que se incrementen los gases de efecto invernadero. La precipitación es un tema más sensible, porque no tiene una significancia estadística tan robusta, ya que el patrón es espacialmente heterogéneo”.

Con ella coincidió el doctor en Geografía, investigador del Conicet y docente del departamento de Geografía y Turismo de la UNS, Federico Ferrelli, quien reconoció que puede darse también una intensificación de las zonas anegables en la zona serrana.

“La mayoría de los problemas podrían darse en la cuenca alta del río Sauce Grande”, dijo.

En ese sentido, ambos destacaron que si bien puede existir una posibilidad de error en los modelos presentados, la tendencia en el aumento de temperatura es un hecho en los últimos 50 años en gran parte del SOB.

“La posibilidad de que no se produzcan estos cambios no existe, pues tomamos los resultados modelados con un ajuste o precisión elevado”, consideraron.

Todas estas proyecciones, explican los autores del informe, marcan la necesidad de dejar de plantear al SOB como una región homogénea y empezar a buscar alternativas para que los efectos del clima no sean tan devastadores como se espera.

“La Ley de Desarrollo del Sudoeste Bonaerense define a toda esta zona como un área homogénea, pero podemos ver que existen cuatro tipos de clima diferentes, que se mantendrá a futuro. Entonces, será necesario prever lo que va a ocurrir, tanto en cuestiones políticas como en un correcto ordenamiento del espacio”, aclaró Ferrelli.

“No podremos considerar como una misma región a aquello que vaya a pasar en Patagones con lo que ocurra en Coronel Suárez o Bahía Blanca. Entre Suárez y Villarino hay 400 milímetros de diferencia los montos anuales de precipitación. Eso es una disparidad muy grande, sobre todo en una agricultura de secano”, añadió.

Casi un grado más en 150 años

Entre 1880 y 2012, se observó un incremento termal de 0,85ºC en la mayoría del planeta

En nuestra región, la temperatura y las precipitaciones experimentaron cambios estructurales en los últimos 15 años: el registro térmico máximo subió 0,5ºC y las lluvias cayeron 30 milímetros en promedio.

Según se explica, en un contexto de cambio climático, es necesario definir -en forma precisa-  una región climática, para generar estrategias de adaptación extremas y a corto plazo.

Días atrás, un informe del Comité Técnico Ejecutivo determinó que las partículas contaminantes del aire se redujeron a la mitad en Bahía Blanca, desde que comenzó el aislamiento social, preventivo y obligatorio.

Principalmente, esta caída corresponde a pequeñas partículas sólidas de polvo, cenizas, hollín, partículas metálicas, cemento o polen dispersas en la atmósfera, y a los gases incoloros que provienen de procesos de combustión industrial y vehicular.

Fuente La Nueva

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