Saldungaray – Una demostración de cariño para la señora Olga

Fue maestra durante 35 años. El próximo domingo se realizará un almuerzo multitudinario en su honor. En Bahía Blanca todavía recibe a muchos de sus exalumnos.

Olga no tutea; permite que la traten de “vos”, pero ella no lo hace. Hasta parece que pidiera disculpas por tratar de usted a los demás. “Es una cuestión de años, pero sé adaptarme”, explica.

La señora Olga –no señorita: se-ño-ra- dejó hace rato el delantal blanco, pero maestra se es toda la vida. Lo colgó en 1977, pero los modos no los pierde. Su voz es tranquila, firme, clara, con la tonalidad didáctica propia de un docente de primaria. Mientras habla, sus ojos celestes se clavan en los de su interlocutor, casi como diciendo “si no lo entendió, lo digo de nuevo”.

Ya no puede cuidar 150 rosales y una quinta como llegó a tener en Saldungaray, pero se da maña con las plantas: la casa que en Bahía Blanca comparte con su hija Marta parece un vergel. La cadera le dijo “basta” hace una década, pero las manos y la cabeza no paran: tiene a su cargo –sencillamente porque quiere hacerlo- el planchado de ropa, secado de platos, y la preparación de milanesas y ensalada de frutas. ¿Y el pago? “Mi familia me paga con cariño”, cuenta.

Olga Fernández nació en Tornquist el 5 de febrero de 1922 y, dos décadas después, desembarcó con su flamante título de maestra en la Escuela Nº 2 de Saldungaray, “cuando no existía la Comarca Serrana” y el pueblo “estaba como hoy, pero con muchos terrenos vacíos”. Casi en seguida se encontró dando clases en sexto grado y nunca más lo dejó. Pensaba irse cuando pudiera, pero el pueblo la recibió con los brazos abiertos. “Me enamoré, me casé y me quedé”, resume.

Allí tuvo cuatro hijos, que prácticamente tuvo que mantener sola, ya que su marido (“un Ángel, como su nombre”) murió cuando el más pequeño tenía apenas dos años. Se estaba terminando la década de 1950 y por ese tiempo la enseñanza secundaria no existía en el pueblo. Hasta que el Instituto Fortín Pavón abrió sus puertas y la señora Olga sumó a sus actividades el dictado de las materias Castellano y Literatura, por más que le encantaban las matemáticas.

Dando de comer a su familia y enviando a sus chicos a estudiar afuera, mantuvo los dos trabajos hasta 1971, cuando se dio cuenta que “no podía cumplir correctamente con ambos” y se jubiló en la Escuela Nº 2; en el colegio continuaría hasta 1977. Cualquier persona de Saldungaray que hoy tenga más de 60 años de edad, la tuvo como docente.

En 1978 tomó la decisión más difícil: irse. Sus hijos habían emigrado hacia Bahía Blanca, la reclamaban y ella quería estar cerca de ellos. Probó yendo y viniendo, pero no podía mantener dos alquileres con su jubilación, por lo que terminó mudándose. Desde entonces, al pueblo vuelve cada vez que puede.

En su casa de Bahía Blanca funciona una pequeña embajada de Saldungaray, ya que recibe constantemente la visita de sus exestudiantes; y a los que no pueden venir, los sigue y los contacta por Facebook, estén donde estén. “Tengo exalumnos en Canadá, España y hasta en Australia”, cuenta bien orgullosa. A muchos de ellos los va a volver a encontrar el próximo domingo, en el almuerzo-reencuentro que se va a llevar a cabo en la Sociedad Española en su honor, organizado entre la comunidad educativa y sus exestudiantes.

Pero a Olga Fernández viuda de Irigoyen no le gustan las palabras “homenaje” o “reconocimiento” cuando se refieren a ella y a los 35 años que ejerció como maestra, profesora y directora en Saldungaray; no cree merecerlos. Entonces, la negociación sobre el término correcto a utilizar finaliza cuando decide “prefiero hablar de demostración de cariño”. Una discusión de ese tipo con una profesora de Castellano es una batalla perdida de antemano.

“Creo que quieren demostrar que signifiqué algo para ellos; o que me querían”, reconoce.

Cuatro hijos, 12 nietos y 20 bisnietos

Olga no dejó de ser maestra en Bahía Blanca; más bien mudó el aula desde la escuela a su familia. Sus cuatro hijos le dieron 12 nietos y estos, 20 bisnietos y contando. “¡Mire si tengo tiempo para entretenerme!”, resalta, todavía sin tutear. Todos ellos necesitaron ayuda, en la primaria, en la secundaria y hasta en la universidad; y todos la recibieron por igual.

Hoy, para matar el tiempo, resuelve problemas de lógica en revistas de crucigramas —solo los que considera difíciles; el resto los deja en blanco—; se levanta a las 8 y se acuesta tarde a la noche, casi siempre sin siesta de por medio; reza todos los días el Rosario a las 14 por radio, y ve la misa de las 10 los domingos por tevé.

Quiso ser monja

Olga no habla de devoción, pero tiene su corazón en la obra salesiana y en María Auxiliadora.

Siempre fue una mujer de Fe y reconoce haber trabajado mucho por la Iglesia. En Saldungaray madrugaba para ir a la misa de las 7, y regresaba para dar el desayuno a su familia. Aún hoy le llevan la comunión a su casa. “Recé toda mi vida a la Virgen y a Jesús. Si mi padre me hubiese dejado, habría sido monja”, reconoce.

Olga bromea sobre el tiempo por venir, sobre si estará o no estará. Lo hace con una sonrisa amplia, mansa, tranquila: la sonrisa de alguien que vivió y no tiene nada para reprocharse. Como si fuera ayer, está todo ahí, al alcance de su mano: su familia, sus alumnos, sus escuelas, sus rosas, su Fe, su querido Saldungaray.

Fuente La Nueva

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