Volvieron las ferias, buscando una salida a la crisis

En ellas, emprendedores y artesanos locales ofrecen su producción. La reventa está terminantemente prohibida.

No son “saladitas” ni clubes del trueque, pero persiguen un fin similar.

En estos tiempos de crisis, las ferias de productores han reaparecido y se han afianzado como una forma de que pequeños emprendedores locales puedan vender el fruto de su trabajo. En muchos casos, todo comenzó con una pequeña unidad de quinteros/horticultores, y de a poco se fueron sumando otras actividades.

Lejos están de ser las ferias de productos y reventa que tantos dolores de cabeza traen en ciudades como Bahía Blanca, con los comerciantes poniendo el grito en el cielo.

La única condición es que se trate de productos propios y/o elaborados en forma primaria y local; no se permite la venta de elementos adquiridos en otros sitios.

De acuerdo al municipio de la zona donde se implemente existen diferencias en qué se puede comercializar y qué no; tampoco funcionan en todos ellos. Tampoco tienen una periodicidad determinada. Lo mismo ocurre con la regularización de cada emprendedor: según dónde, los emprendedores no tienen que estar inscritos en el monotributo o ser objetos de retención, aunque se les facilitan herramientas y cursos para regularizar su situación, así como se los insta a realizar cursos de manipulación de alimentos; en otros sitios, es necesario que estén registrados.

Eso sí: los emprendedores deben ser habitantes del distrito en cuestión; por ahora, salvo casos especiales, no se permite que ingresen productores o artesanos de otros distritos. La idea es que el dinero quede en el ámbito local, generando un circuito económico, ya que la mayoría de los insumos también se adquieren en la misma población.

“De otra manera, muchos no sabrían qué hacer con todo lo que producen”, señalan desde una comuna de la zona.

En todos los casos, de una forma u otra, cada municipio se encuentra detrás de la iniciativa, junto con el INTA y el programa ProHuerta. En aquellas ferias en que se permiten alimentos elaborados también existe un control por parte del área de Bromatología local; los productos cárnicos -salvo en Tres Arroyos- no están permitidos.

En cuanto a los precios, normalmente son menores que los que se pueden hallar en los comercios, aunque en algunas comunas promuevan que sean similares y que el valor agregado sea -por ejemplo, en el caso de verduras o frutas- el conocer la procedencia y saber que se trata de un producto fresco. Sin embargo, la eliminación de los intermediarios termina siendo un factor fundamental en el valor que se cobra. Así, la ecuación cierra por todos lados: los productores colocan sus productos y el público tiene alternativas baratas, frescas y con una trazabilidad clara.

Los lugares de encuentro son normalmente públicos, salvo en Coronel Suárez, donde la feria tiene con un espacio propio desde el año pasado. En Guaminí, por ejemplo, las ferias se llevan a cabo en forma rotativa en las distintas poblaciones del distrito; en Tres Arroyos también cuenta con un lugar propio, y abre dos días a la semana.

En Pigüé comenzó a llevarse a cabo la denominada Eco Feria, un punto de venta para quinteros locales y de emprendedores que tienen algún tipo de producción/elaboración primaria, como conservas, escabeches o mermeladas, por ejemplo.

Además, todos los productos que se ofrecen tienen que estar libres de agroquímicos.

Por ahora, los encuentros se llevan a cabo los sábados con una decena de productores, aunque se espera que se vayan sumando más en las próximas ediciones.

En este caso, los vendedores son horticulores y elaboradores de comida, y en las próximas ediciones se podrían sumar cerveceros artesanales, por ejemplo. Se enmarcan en las PUPA (pequeñas unidades productivas alimenticias), lo que les permite vender en las ferias; además, acceden a abrir sus puertas a personal de bromatología para constatar el estado y la higiene de sus sitios de producción.

La feria Suárez Produce nació en 2011 por iniciativa de un grupo de productores y hoy se reúnen unos 75 en cada uno de los encuentros quincenales que se llevan a cabo. Aquí no hay tantas restricciones en cuanto a las ventas, siempre que sean elaboraciones propias: hay plantines, verdura de estación, ropa, crochet, herrería y plantas ornamentales, entre otras cosas.

Según Débora Mascotena, coordinadora del programa, esta ha sido una salida económica y laboral para muchas familias.

“Tenemos varios productores que no podrían ingresar al sistema formal de trabajo; esta iniciativa revalida la dignidad del trabajo. También tenemos feriantes que terminaron convirtiéndose en comerciantes”, resaltó.

El director de Producción pringlense, Oscar Rossi, reconoció que en la feria que funciona mensualmente en esta ciudad es una suerte de mix entre artesanos, emprendedores y manualistas, con productos tan diversos como pastelería, panificados, verdura, hilados, tejido, vitrofusión o alfarería.

“De todos los productores que participan, alrededor del 30% viven de esto. El resto lo tiene más como un complemento -reconoció-. La idea es formalizarlos e integrarlos dentro del circuito comercial; por su propia cuenta, les sería casi imposible”.

Para Sergio Cazzulo, secretario de Producción de Guaminí, es necesario crear una suerte de rutina en los consumidores, generando un nuevo ámbito de consumo.

“También hay que acompañar al emprendedor, encauzándolo hacia un mercado formal; porque haya feria, o no, van a vender igual a través de las redes sociales”, aclaró.

Aquí está prohibida la venta de productos cárnicos y lácteos. También se requiere una certificación participativa por parte de cada feriante.

“Todo esto nos permite potenciar lo local, mejorar la competitividad del mercado regional y el desarrollo de una plaza hortícola”, señaló.

Fuente La Nueva.com

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